Dicen que a cierta edad las personas nos volvemos invisibles, que nuestro protagonismo en la escena de la vida empieza a declinar y nos volvemos inexistentes para un mundo donde solo cabe el ímpetu de los jóvenes (léase los que aún no llegan a los 30 años)
Y no sabemos si esto es cierto, pero nunca somos tan concientes, como cuando hemos alcanzado la edad madura, nunca nos sentimos tan felices ni disfrutamos tanto cada momento, como cuando ya hemos alcanzado cierta edad, o sea que ya no nos cocemos al primer hervor, como diría la abuela.
Descubrimos que no somos príncipes, ni superhéroes de historietas, simplemente somos humanos, con sus miserias, pero también con sus grandezas.
Descubrimos que no podemos permitirnos el lujo de ser perfectos, de estar llenos de defectos, de no tener cuerpos saturados de anabólicos y pasearnos por los antros y los gimnasios como si fuéramos la única coca cola del desierto, de equivocarnos, de hacer cosas indebidas, de responder siempre a las expectativas de los demás y de aconsejar a quienes consideramos que una opinión nuestra le puede ayudar en algo, con eso de que sabe más el diablo por viejo que por diablo, y a pesar de todo eso querernos mucho a nosotros mismos.
Cuando nos miramos al espejo ya no buscamos a ese hombre que fuimos, si , a ese que era talla 28 y robaba suspiros por la calle, que le bastaba pisar un antro y atraer miradas y hasta darse el lujo de decir “tu si” “ tu ni lo sueñes”, sino que le sonreímos al hombre que somos ahora, con canas, con kilos de más, nos alegramos de nuestro camino andado y asumimos nuestras contradicciones y equivocaciones, le hemos dicho adiós a ese joven que fuimos, ya que su mundo de ilusiones y fantasías ya no nos pertenece.
Nos hemos dado cuenta que la vida es tan corta y que nuestro verdadero oficio es vivirla, hemos aprendido a dejar ir, a soltar, a no querer retener, sabemos que al mar se le contempla con las manos abiertas porque si las cerramos, se irá y nuestras manos se quedarán vacías. Ahora conocemos la fórmula para tener al viento, ya que con solo abrir los brazos ya es totalmente nuestro.
Comprendemos que a los hijos (los que los tienen) hay que dejarlos crecer, y hay que dejarlos que se vayan y sigan su propio camino, sabiendo que siempre volverán, ya que lo único que se gana cuando queremos retener a alguien es perderlo para siempre, si queremos tener el sol y gozar de su luz , solo tenemos que abrir los ojos, pues al cerrarlos nos quedaremos a oscuras, porque el verdadero gozo de la vida es aprender a no retener a quitarnos esa manía de querer poseer.
Adoptemos entonces la vida de las mariposas, ¿de que nos sirve la juventud, si la verdadera belleza está cuando abrimos las alas, siendo esta la única forma de gozar la vida, sabiendo que la tenemos sin tratar de retenerla, hay que olvidarse de los jeans entallados y del último grito de la moda, de brincar como idiotas al ritmo de punchis punchis en los antros, olvidemos el cabello alaciado y envaselinado, todos algún día vamos a envejecer y es entonces y solo entonces cuando encontraremos la verdadera sabiduría
Y no sabemos si esto es cierto, pero nunca somos tan concientes, como cuando hemos alcanzado la edad madura, nunca nos sentimos tan felices ni disfrutamos tanto cada momento, como cuando ya hemos alcanzado cierta edad, o sea que ya no nos cocemos al primer hervor, como diría la abuela.
Descubrimos que no somos príncipes, ni superhéroes de historietas, simplemente somos humanos, con sus miserias, pero también con sus grandezas.
Descubrimos que no podemos permitirnos el lujo de ser perfectos, de estar llenos de defectos, de no tener cuerpos saturados de anabólicos y pasearnos por los antros y los gimnasios como si fuéramos la única coca cola del desierto, de equivocarnos, de hacer cosas indebidas, de responder siempre a las expectativas de los demás y de aconsejar a quienes consideramos que una opinión nuestra le puede ayudar en algo, con eso de que sabe más el diablo por viejo que por diablo, y a pesar de todo eso querernos mucho a nosotros mismos.
Cuando nos miramos al espejo ya no buscamos a ese hombre que fuimos, si , a ese que era talla 28 y robaba suspiros por la calle, que le bastaba pisar un antro y atraer miradas y hasta darse el lujo de decir “tu si” “ tu ni lo sueñes”, sino que le sonreímos al hombre que somos ahora, con canas, con kilos de más, nos alegramos de nuestro camino andado y asumimos nuestras contradicciones y equivocaciones, le hemos dicho adiós a ese joven que fuimos, ya que su mundo de ilusiones y fantasías ya no nos pertenece.
Nos hemos dado cuenta que la vida es tan corta y que nuestro verdadero oficio es vivirla, hemos aprendido a dejar ir, a soltar, a no querer retener, sabemos que al mar se le contempla con las manos abiertas porque si las cerramos, se irá y nuestras manos se quedarán vacías. Ahora conocemos la fórmula para tener al viento, ya que con solo abrir los brazos ya es totalmente nuestro.
Comprendemos que a los hijos (los que los tienen) hay que dejarlos crecer, y hay que dejarlos que se vayan y sigan su propio camino, sabiendo que siempre volverán, ya que lo único que se gana cuando queremos retener a alguien es perderlo para siempre, si queremos tener el sol y gozar de su luz , solo tenemos que abrir los ojos, pues al cerrarlos nos quedaremos a oscuras, porque el verdadero gozo de la vida es aprender a no retener a quitarnos esa manía de querer poseer.
Adoptemos entonces la vida de las mariposas, ¿de que nos sirve la juventud, si la verdadera belleza está cuando abrimos las alas, siendo esta la única forma de gozar la vida, sabiendo que la tenemos sin tratar de retenerla, hay que olvidarse de los jeans entallados y del último grito de la moda, de brincar como idiotas al ritmo de punchis punchis en los antros, olvidemos el cabello alaciado y envaselinado, todos algún día vamos a envejecer y es entonces y solo entonces cuando encontraremos la verdadera sabiduría